Tengo un recuerdo antiguo de una marca de galletas. Me hablaba de lo mucho que llenaban cuando te comías cuatro. Merendabas y hacía falta una taza grande para que no se atascara en medio del gañote. En alguna ocasión la he comprado para sentir esa capacidad de atasco que tenía; pero no. Para atascarte, con la fórmula mejorada, sin azúcares añadidos, para veganos y sin gluten, parece que me estoy comiendo la suela de una albarca que apareció en una excavación de una domus romana en Itálica.

Es curioso que queramos revivir aquellas cosas que recordamos y nos llevan a una patria que desaparece, desaparece, se va.

Me pasa lo mismo cuando escucho a grupos que hacen giras de agradecimiento: 20 años después, con el colesterol supercontrolado, nos encontramos con gente que canta con solera. Decir esto es ponerme en la picota, pero no dejaré de comentar el tema que me trae a tus ojos para reflexionar.

De los rusos no espero asesinos: confío en que, como dice Sting “I hope the russians love their childrent too”. Tampoco quiero pensar en genocidas cuando pienso en judíos. Pero no huiré de la sana crítica que pone a un dictador exactamente donde le corresponde: Con Mao Tse Tung, bajo su mandato, murieron entre cuarenta y ochenta millones de personas. No creo que sea una cifra que deba ser desdeñada a la hora de catalogar a un líder mundial. Si lo políticamente correcto, lo que se ha de expresar para no mancillar una memoria cubierta de cadáveres es ignorar el dolor, creo que no lo haré.

Por ello, estimo oportuno que, de la misma manera que no pido peras al olmo, lo que si me pediré es coherencia, búsqueda, hambre, música, preguntas: eso es lo que quienes tienen en la Bios del corazón la revolución que trae el Evangelio, quiero pensar que estoy entre ellos, debemos proclamar a tiempo y a destiempo. Es lo que se espera.