
Veo las noticias sobre leyes marciales en aquel país o de la enfermedad del rey: cómo los tiránicos soberanos fueron encontrados dentro de un tubo, hace tiempo ya… El poder cambia de manos.
Pero lo que no parece cambiar, ni en fondo ni en forma, es la necesidad imperiosa de reproducir los mismos patrones de aquellos a quienes derrocamos. Los mesías son todos iguales. Y es que, el denominador común corruptor de todo es el poder.
Y, ¿cómo podríamos solucionar esta espiral de ida y vuelta? ¿Acaso no se puede derrocar al déspota y construir una sociedad justa? Y la respuesta es muy sencilla: No.
No se puede porque el poder tiene, como la tiña, la capacidad de mancillar el corazón del más idealista de los salvadores de la patria. Una vez que el mal de altura ha afectado al recién llegado, perdiendo la perspectiva que se tiene desde el suelo, sólo hay que dejarse seducir por el olor de la moqueta, las prebendas, los siempre lameculos lacayos que te convencen de que la tuya es mucho más grande que la de tus adversarios. (tu idea, por supuesto)
¿Qué más puedo añadir? Si acaso, avisaría al autócrata en ciernes que es mejor para su pueblo que se le escuche: que el hambre no entiende de ideologías y que la enfermedad mata democráticamente. La muerte, tan plural, tan libre es el máximo exponente de que no entiende de formas de gobierno.
El mejor gobierno es aquel que no está a la venta. El que no sabe de hipotecas porque conoce la realidad de sus nacionales.
Los nacionales de este nuestro planeta, quieren que se les reconozca su realidad.
Ojalá, al rey muerto, le suceda alguien con corazón de carne y no con puño de hierro.