Hoy, sábado quince de agosto, se celebra el día de la Asunción de María. Para los profanos, los que no saben lo que es y disfrutan de las vacaciones que trae consigo tan magna celebración, es la fiesta en la que se conmemora la ascensión de María en cuerpo y alma a los cielos.

Dicho así ni los milenials ni cualquiera generación posterior entenderá nada pues les es totalmente ajeno. Y es que son fiestas que se pierden en las procelosas aguas de la tradición, vestidos de faralaes, novenas, quinarios y demás familia… Y el fino: mucho fino, que en las fiestas de la virgen hay mucho vino fino.

No sé si esto último tiene que ver con la finura de María, su delgadez o qué: el caso es que se celebra desde el siglo VII para alegría de los hosteleros y de los controles de alcoholemia de la Guardia Civil.

Yo creo que es importante poner en valor la figura de la mujer más valiente de la historia. Aquella que se enfrentó a toda una sociedad dispuesta a apedrearla por estar encinta antes del matrimonio; la que, en su inocencia, dijo sí aun proyecto que llenó su corazón de esperanza. Esperanza que perduró hasta la resurrección de Jesús, su hijo, que se celebra con menos fino, pero con una semana santa llena de tradición. Hablaremos de ello en otra ocasión.

A lo que voy es que sería adecuado adaptar los contenidos a los tiempos. Liturgistas, exégetas, estudiosos varios: haced el esfuerzo de transformar en comprensible, inteligible lo que hoy aparece como magia o prácticas en extinción. Es importante que lo más importante sea comprendido y, tras ello, amado.

Para terminar, propongo que hoy se celebre la abducción de María. Por lo menos llamaría la atención de los que desconocen el porqué de la fiesta y se pregunten quién es esa María de Nazaret.