Dueños. Poseedores. Gestores de lo que ven con claridad y deben llevar a término. Es algo que vengo observando con relativa frecuencia en personas que comienzan proyectos lúcidos, con luz interior; según van progresando, se le adhieren otros que advierten su viabilidad y su recorrido: Se emocionan con ello.

Y, sin embargo, el padre de la criatura cree ser dueño de la obra que, primigeniamente, concibió; habiendo ya perdido el control en el momento que otros implicaron su existencia en ella. Y, como espada de Damocles, ejercen su derecho de pernada, todopoderosa voluntad de matarla cuando no se corresponde con la imagen mental que tenía de ella. O, como suele ocurrir, cuando los que le acompañan comienzan a tener criterio propio y quieren ir contaminando el original lienzo con colores que, a priori, no existían.

Lo malo de las creaturas, es que crecen; evolucionan y mutan de insospechadas formas: Tienen forma reconocible, pero pueden superar al creador. Y eso asusta. Aterroriza la idea de que lo que hemos creado sea mejor; o distinto, pero superando en fondo y forma todo aquello que nuestra experiencia había previsto. Si nació buena, se vuelve excelente, evidenciando nuestra realidad. Y plantea la opción de evolucionar o negar la creación por ingrata.

Y es tan tentador ejercer de creador, de deidad omnisciente que relega a la irrelevancia a sus hijos, pues cuestionan su autoimagen.

Este proceso me hizo recordar a Hildegart (*), la niña más libre, precoz y superdotada que lideraría el cambio en España y el mundo. Su madre así la concibió. Y la mató. Su creatura iba a distorsionar toda la realidad. Y eso, no puede ser…

*Hildegart: Hija de Aurora Rodríguez Carballeira.