Ahora que estamos en tiempo de cría, se escucha. Cuando llegan los gorriones al nido, los polluelos gritan desaforadamente, sin ningún rubor, con el pico abierto, para pillar antes que otro y saciar el hambre que les retuerce las entrañas. A piar se ha dicho.

Y pasa con los guarritos. El más fuerte se agarra a la teta más gorda. Adivina quién se queda escuchimizado en la última… El más débil. Y no es porque no tenga hambre: es porque no llegó a tiempo. Y, cuanto más tarde, peor. Probablemente, muera.

En los humanos ocurre lo mismo. Ya sea por el hambre, ya sea porque nos molesta la plasta que tenemos pegada al culo deseando ser dedicada al primer progenitor que se dé cuenta, llamamos la atención sin contemplaciones. Eso en el plano de necesidades primordiales…

Necesidades primordiales. Aquello perentorio, eso que el hambre que nos devora por dentro y no se ubica en el estómago sino en esa parte que necesita ser atiborrada para que nuestra existencia tenga sentido… De hecho, somos capaces de morir de hambre, famélicos y anoréxicos, para saciar nuestro hambre de reconocimiento. El que tendremos en la esquela si no se da cuenta alguien de que algo no va bien.

Ese hambre que carga la bala en el tambor de la ruleta rusa. Conscientes del riesgo, en contra del instinto de supervivencia, nos lanzamos contracorriente cuestionando las leyes de la física, la gravedad que nos atrae, diciendo que no se cumplirá con nosotros.

Factores ambientales, educacionales, familiares, de clan, ideología o geolocalizadores: todos condicionando en una melodía sorda, pues aturde, enmudece y aquieta nuestro natural impulso a avanzar y nos encadena a todas las expectativas que otros tienen sobre nosotros: aquellos que tienen las mismas cadenas y obran en función de lo que esperamos de ellos.

¿Acabamos la partida o empezamos otra, con nuevas reglas?