Si me atrevo a escribir esto, es porque la experiencia me lleva a las conclusiones que saco. Sin rodeos.

¿De qué sirve defender la iglesia? ¿La acción de las parroquias locales se experimenta de algún modo en la vida de los parroquianos, de quienes no lo son? ¿Qué, de la vida de una parroquia, está conectado con la vida de la gente? ¿Qué es comprensible de lo que ocurre en la parroquia que atrae, cuestiona?

A mí me parece que las anteriores preguntas no tienen una respuesta fácil. Pero también sé que, después de los milagros, apariciones, santos, de los grandes encuentros, de la Semana Santa, de las peregrinaciones no hay una praxis en la parroquia que catalice lo que alguien pueda sentir en tales eventos.

Y, la disociación, su esquizofrenia, resta credibilidad a la gente que siente la llamada con toda su fuerza. Como ya he dicho en múltiples ocasiones, no hay crisis de vocaciones: hay crisis de Evangelio. (RAE. Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación, o en la manera en que estos son apreciados.)

Los sacerdotes no pueden trabajar para mantener el garito: han de ser fuente de esperanza, faro en la oscuridad, ilusión a borbotones… Como dice mi madre “Un cristiano triste es un triste cristiano”. Y, en multitud de ocasiones me encuentro con sacerdotes que no son sal de la tierra. No soy nadie para enjuiciar de tal guisa, pero no se pueden echar días para atrás en los empeños del Evangelio. No pueden vivir su servicio desde el tedio, la costumbre… Es curioso que diga esto pues en el matrimonio ocurre los mismo. Cuando se espera que el tiempo solucione problemas, cuando nos fiamos a la novedad de una propuesta que copia lo “siempre antiguo, siempre nuevo”, el negocio va a la quiebra. Y no falta la fe: no es falta de fe. (en laico sería cuando los silencios hablan más que las palabras, cuando buscamos fuera lo que no tenemos dentro…)

Aquí el milagro es ser en Espíritu y en Verdad. El milagro es creer eso de “Ocúpate de mis cosas que ya me ocuparé de las tuyas”. Desde nuestras capacidades, ser testigos de esperanza. No como una consigna sino como una verdad que hay que acrisolar todos los días.