
Desde hace tres años, voy a cantar misas a una romería; si fuera por carácter, no iría: pero, cada vez que vengo, se me ofrece la oportunidad de aprender.
Y aprendo que la gente puede estar bajo la lluvia, con chubasqueros y paraguas, aguantando chuzos de punta y oyendo misa. Y que pueden estar bajo la lluvia con el perro en brazos, fumando, comiendo churros rellenos de chocolate o crema, según el gusto, con la misma devoción.
Y es que es la tradición de visitar la patrona en su santuario la que, como un imán, los atrae cada año a este lugar. Da igual que no se pise una iglesia en todo el año: es irrelevante que no practiques los sacramentos. No importa que, durante el resto del año, digas que no crees en nada. Ahora es el momento de visitar a la patrona.
Dar vueltas alrededor del santuario es parte del ritual para que se obre el milagro. Hay quienes dan vueltas a favor o en contra de las agujas del reloj; de rodillas es la versión más extrema. También está aquel señor que, estos años, da vueltas en su silla eléctrica. Ya no se entiende lo que habla, pero hoy se ha alegrado de verme. Yo me alegré con él y, sobre todo, feliz de que me reconociera.
Y veo cómo la gente porta velones con la imagen de María: también llevan velas largas a modo de cayado. Y, durante la Eucaristía, pasan el tiempo custodiándola llama del viento: ¡Que no se apague, dicen sus ojos! Con mimo la protegen del viento y un mohín inunda su rostro cuando se apaga. Inmediatamente, buscan a alguien que tenga la vela encendida. Y esta, normalmente, comparte una sonrisa y el fuego, a modo de Prometeo, regalando el fuego a la Humanidad.
Están los otros que agarran exvotos de cera con forma de brazo, pierna, cuerpo… Se aferran con la misma fuerza con la que desean la salud: para quien sea. Y sólo puedo decir que hay que mantener la llama viva, por débil que sea.
“La caña cascada no la romperá. El pábilo vacilante no lo apagará”.