El vidrio, como metáfora de la iglesia, me parece un recurso muy socorrido. A través de él, la luz viaja: No la detiene. La deja pasar. Todo el vidrio, al completo, es la iglesia: deja ver la belleza del proyecto de Dios para todos los hombres; límpida, es imagen de unidad y claridad. No pone trabas al paso de Dios a través de ella para la mejor consecución del Reino de Dios y su justicia. Aunque el polvo del tiempo cubra su superficie, la luz sigue, traslúcida, pasando a través de ella.

Seguiré con la metáfora. Si el vidrio se rompe, la luz sigue atravesando los trocitos que antes eran un todo, sin fisuras. Llegan a todos lados cuando se rompe: te pasas semanas recogiendo trocitos… Y la luz cambia pues, cuando la luz atraviesa un trocito, pasa de blanca a colorear la superficie en la que se posa el haz de luz. A modo de prisma, la divide en diminutos arcoíris.

Cada arcoíris es una parte de la iglesia, un reflejo de la voluntad de Dios. No deja de ser interesante pues sólo se recupera la capacidad de ser transparente cuando deja su particularidad, su trozo, su arcoíris, y, tras fundir los trozos de nuevo, acrisolándolo, se vuelve a la unidad primigenia, la transparencia verdadera, a su verdadero ser.

En estos tiempos tan convulsos, en los que hay verdaderos intentos de ser fieles a la verdad del Evangelio, aferrarnos a nuestro arcoíris, a nuestra cuota de luz, es una aberración. Y es lógico que haya desconcierto: No somos uno, no renunciamos a nuestra parcela de santidad, aquella que las partes de la iglesia recibieron a través de los santos que fundaron cada organización… Aquellos que mostraron un camino: fiel, sí. Pero que, acotó la labor que cada uno de los que con él estaban al descubrimiento que hizo. Me arriesgaré y afirmaré que la norma, las constituciones olvidaron poner que debían seguir buscando el amor primero, el de la Nueva Alianza.

No se trata de hacer que nuestra labor permanezca en el tiempo. Nuestro trabajo es hacer creíble que amar al prójimo como a ti mismo, amar a las otras órdenes como a la nuestra, amar cada santo, cada virgen como a las que amamos, ese, es el camino.