Debo reconocer que soy muy simple. Y es porque me parece que, complicar las cosas, sólo hace que la solución se antoje más lejana. Dicho esto, el otro día, en una sesión en secundaria, a una afirmación que hice, me contestó un alumno: “Lo siento, es que soy ateo”.

El planteamiento que hago es muy simple. Si tú te quieres a ti mismo y quieres, en la misma medida, a tu prójimo, no puedes querer nada malo para él porque tú no quieres nada malo para ti.

Complicado, ¿eh? Pues ahí estaba él: tan seguro, tan confiado en su ateísmo para inhibirse de la responsabilidad que todo ser vivo tiene con la vida: porque es ateo. Se me ocurrieron muchas cosas que hacemos los creyentes: tenemos esa mala costumbre de comer, dormir, cantar, caminar, ir en bicicleta…

Porque, a la postre, no se trata de creer o no creer: la cosa va de estar vivo y amar al prójimo (todo aquel que comparte existencia contigo) como a ti mismo.

Y esa es una decisión personal. Cada uno de los habitantes del planeta Tierra tiene que decidir si le conviene. O no.

Pensé también en el caso contrario: en una clase donde sólo yo fuera creyente, ¿tendría valor la afirmación de amar al prójimo? Yo no me negaría pues es una propuesta que va más allá de que crea o no que habrá cielo, infierno o cualquiera de los suburbios que tenga la eternidad.

Amar es lo que nos hace humanos. La trascendencia es característica de los seres humanos.

Que cada uno piense o viva lo que quiera o lo que pueda. Creo que lo bueno para mí, es bueno para quien esté a mi lado o en la frontera uzbeka. Lo malo, es malo para todos.

Pensemos. Razonemos. Quizá oremos. Actuemos.