Es el verbo más escuchado: Adorar. Es venerar a alguien o algo que se consideran de naturaleza divina. Suele ir asociado a otro verbo que es Bendecir, que es conceder bienes y protección. No deja de ser curioso que, quienes alaban, veneran a Dios y lo bendicen, concediéndole bienes y protección. En fin. Ni podemos conceder bienes ni protección a Dios ni creo que necesite nuestra veneración. Y digo todo esto por el sentido de las frases más utilizadas.

Como reconocimiento al bien que me hace el mensaje de Jesús, te lo compro. Pero, como modo de relación con la deidad, me parece de todo a cien. Es una manera de decir que le tengo en consideración, en mi vida, pero que se queda en el rato que le alabo.

Siempre que asisto a actos de alabanza, me da la sensación de que Dios tiene que estar agradecidísimo por el hecho alabante por mi parte: ¡Qué suerte tienes, Dios, de que te alabe!

Y la alabanza que no te hace más consciente de la tierra que pisas, me parece que es fuegos artificiales, ruido de fondo…

Cuando tienes una experiencia mutante, fundante, buscas imperiosamente ir más allá. Pero, cuando la experiencia comienza y termina en sí misma y su fuerza radica en la repetición, es vivir en bucle: es placentera mientras dura: Cuando termino, vuelvo a mi vida.

Pero, creo yo, la verdadera alabanza comienza cuando terminan los brazos en alto, los mantras repetitivos, los juegos florales, el subidón que da el grupo… Todo aquello que reconfigura el interior se ha de compartir. De no ser así, es consumo litúrgico, son diezmos que acallan la conciencia y conduran un modo de vida que nada tiene que ver con Jesús, el de María.

Y, hoy en día, no sólo se adora a a Dios. A los cantantes de moda, en su liturgia de luces y pantallas; a 22 dioses en los campos de fútbol, donde el espíritu es tan poderoso que te lleva en volandas: una experiencia mística con olor a hierba y sudor. Sucedáneos que nada tienen que ver con algo trascendente y sí mucho con la comunidad: aquella que te hace uno con muchos, te roba la identidad y hace un cuerpo, casi místico. El próximo concierto o partido, nos congregamos y adoraremos hasta que se rompa la noche.