
El otro día vi unas fotos de una piscina en la que había una familia bañándose. Las formas que adoptaba el agua, la luz, el reflejo que mostraba, eran como fantasmitas, como esos que salen en los dibujos animados. Se generaban por el movimiento de la gente, por la incidencia de la luz, por su transparencia.
Me acordé de aquello de que somos más agua que otra cosa. Que nos resulta familiar cuando estamos en ella: que cuando me sumerjo, me siento bien, estoy en casa. Es un abrazo apenas perceptible que me habla de un tiempo que no recuerdo, pero del que guardo una sensación que vuelve cuando estoy bajo el agua. Rodeándome, susurrando suavidad, adaptación, silencio… Este último sólo roto por el corazón de mi madre; o por la bomba que hacen los niños para salpicar a todos…
Y me dio por pensar que el barro es agua en un treinta por ciento. Ya desde la Creación, el agua va marcando su cauce. Y podría alguien pensar que es tierra con agua que forma una pasta: pero es agua, la transparente, informe agua que no le importa asociarse a la tierra para dar forma a la belleza, a los útiles de cocina, al ser humano…
Y pensé también que las aguas negras, la que hay en los colectores, la que apesta y repugna es el mismo agua, que se deja ensuciar por todo lo que desechamos. Es soporte de la náusea líquida donde viaja toda la basura que la impregna, que la hace irreconocible, pero que ahí está.
Somos agua.
Si las aguas fecales las tratamos, las filtramos, vuelven a ser transparentes. Y, cuando les da el sol, mueren y vuelven al cielo, a poblarlo de blancura, de belleza preñada de agua, deseando volver a fecundar la tierra, a ensuciar su cuerpo, ya siendo gotas, ya siendo océana…
Los seres humanos somos agua: Pura o contaminada: siempre agua. ¿Cuál serás tú?