
Vivir en estado de alarma es una buena manera de mantener a la peña entretenida. En un realiti, que alguien vaya a dejar a otra alguiena; en la política, que alguien siga apelando a la memoria por la que una guerra nos partió por la mitad y nos hizo enemigos. Están quienes dicen que les robamos: la identidad, el dinero o la historia que ellos quieren creer que ocurrió. Las persecuciones, las faltas de libertad que nunca fueron tales, pero que validaron unas acciones violentas. Sólo hay que tirar de hemeroteca. O mirar los informativos.
Mientras miramos el culebrón turco de turno, con un argumento tan previsible que aburre hasta las lámparas, recibo mensajes que me llaman a las armas: leyes a favor del aborto, ese asesinato tan execrable que las mujeres están deseando perpetrar contra ellas mismas. La prohibición de ese derecho como garantía de que los seres humanos seremos más humanos tras el nacimiento del no nacido que antes de la supuesta ley.
Creo, soy un macho y no soy capaz de hacerme a la idea de lo que es un embarazo no deseado, o un embarazo a secas, que ninguna mujer quiere hacerse un daño tal. Pero no estoy aquí para fabular. Creo que las mujeres son los suficientemente conscientes de sí mismas para saber qué quieren hacer.
Protegiendo los derechos a base de leyes, menoscabamos la capacidad del ser humano para ejercer el libre albedrío. Como se ha dicho en tantas ocasiones, el exceso de leyes habla de muy poca educación pues, el ser humano educado, sabe qué y qué no es bueno para sí y para sus hermanos.
No. No pienso firmar ninguna campaña contra el aborto. Mi aportación a la vida será un mensaje de esperanza cada vez que pueda, una canción en cada esquina, un poema en las puertas de los servicios de la estación de los autobuses, de los aeropuertos y ferrocarriles.