Trece letras. Con dos espacios. Y ya está. Como no podía ser de otra manera, la solución a todos los problemas pasaba por una comprensible, alcanzable: no fácil, pero posible.

Leyendo las noticias de lluvias torrenciales, fuegos apocalípticos, gobiernos medievales en ciernes y tragedias humanitarias a nivel planetario junto con una ola de calor que recorre toda la corteza terráquea, se me cae el alma a los pies. Y, por mí mismo, no tengo una solución para atajar todo esto.

Porque las lluvias torrenciales son las que me arrastran a no enfrentarme a los problemas, a huir de mí (como si pudiera); los fuegos, donde quemo el presente y el futuro, enterrando mi ser en un pasado recurrente, crematorio de todas mis esperanzas; los gobiernos antiguos son todas las reglas que acepto sin filtro, amputándome la ilusión, dejando el calor infernal de la derrota…

Por ello he decidido que voy a hacer lo que puedo. Porque, lo que no puedo, no tengo capacidad para cambiarlo. Pero, ¿y si me amo? Quizá de ese modo me respetaría. Con ello, tendría la medida del respeto al medio que me rodea y las personas que me acompañan. Al amarme, amaría de una manera muy similar al otro. Querría lo mismo para él que quiero para mí.

Es tan ridículo, tan fácil de postular; creo que tiene que ver con todo lo anterior y con un detalle, ínfimo, que determina el éxito de este empeño. La fe. Ayer me decían que la fe no tiene nada que ver con la realidad. Si no es así, ¿para qué tener fe?

Así que tendré fe en lo que creo y me amaré para no olvidar que es la medida de todas las cosas.

Y el páramo se hará jardín, la postrera tristeza serán lágrimas que lo regarán y la alegría, la dignidad para todos, serán el fruto.