
Creo que no debo. Aunque hay mucha gente que ya lo hace, debo hablar de la coyuntura que vivimos.
Y está la cosa jodida porque el desnazificador más famoso del mundo está atacando a los supuestos herederos de Adolfo, a todos sus civiles, porque tiene el sagrado deber de proteger a su pueblo. Su pueblo: el que muere en el campo de batalla mientras él lo mira a través de una pantalla; lejos, muy lejos de la mugre y la pestilencia de los muertos ucranianos. Y rusos. Creo que Rusia no se merece que se la proteja inmolando a sus hijos. Ni a los de Ucrania. El estado terrorista, aquel que infunde el terror, acusa de terrorismo a todo aquel que osa cuestionar su lógica bélica, como si la guerra tuviera lógica…
En nuestro país tenemos un gobierno que lo hace a base de ofertas, como los supermercados: chorreo de millones para comprar votos y endeudar a los nietos de nuestros nietos. Ellos también hacen uso de una mala praxis. Cada cierto tiempo, miran al pasado y nos recuerdan cuántos muertos hacen florecer las cunetas. Y es en nombre de la justicia, de la memoria. Nunca un conflicto en el que no hubo reconciliación pudo ser rememorado, enmendado, llorado y pasado el duelo con éxito. El recuerdo de los muertos debería hacernos reconsiderar que el pugilato, la lucha obscena por mantener el poder a cualquier precio es una cuota demasiado alta: demasiados intereses acumulados.
En un eterno bipartidismo, a veces perturbado por nuevos partidos con viejas ideologías, los países buscan vivir en paz. Pero ella nace y permanece bajo la luz de la verdad y nunca hipotecada por la coyuntura, cambiante como la marea;
Por todo esto, quiero traer a tu memoria lo que hace el mar con sus pecios: en la profundidad, se van cubriendo de limo; pero, los que están más cerca de la superficie, más cerca de la luz, se convierten en colonias, en lugares de refugio para los peces, en improvisadas barreras coralinas. Hacen de la tragedia, esperanza. ¿Aprenderemos del mar?