
Hablando con un amigo, ha salido un pensamiento curioso. Estábamos conversando sobre el trabajo que tenemos en las diócesis, de la misión compartida. Y constatamos que, los laicos, no somos de fiar. Nuestro trabajo es de servicios, pero no es plenamente evangélico pues, ese trabajo, lo desarrollan los consagrados. La cosa es que el pensamiento que ha salido es “De los laicos salen consagrados: ¿cuál es el fruto de los consagrados?”
Es un discurso ramplón. Pero no le falta razón. La actual situación de nuestra iglesia no es fruto de un trabajo conjunto, porque no se cuenta con nosotros. Y es consecuencia de la distancia entre la vida y el Evangelio encarnado por los profesionales. Las parroquias están vacías porque los laicos no hemos hecho nuestro trabajo ¿Verdad? Y, si no es el resultado del trabajo de los laicos, Cáritas, Adoración nocturna, limpieza de los templos… ¿Podríamos achacarlo a que los profesionales no están siendo sal de la tierra, luz del mundo?
Si expender sacramentos no es suficiente para insuflar el ardor evangélico a las gentes, ¿no sería interesante hacer una auditoría? Por menos, en la empresa privada, se despide a la gente.
Si quienes se consagran al servicio del pueblo de Dios no comunican la esperanza, la misericordia infinita de un dios trinitario, ¿te extrañas que las parroquias se conviertan en búnkeres ideológicos, casi sectarios, o que estén vacías? ¿Acaso no es escandaloso que las órdenes estén más preocupados en sobrevivir que en vivir su carisma?
Cuando se baje a Dios de los retablos, se le saque a la calle… Cuando credo y vida sean uno, el mundo creerá: la eucaristía será una fiesta. El pan y el vino serán alimento para el mundo.