
Independientemente de la época, se la ha buscado con ahínco. Con la venus de Willendorf y sus magníficas formas, ya apuntaba maneras la patológica búsqueda de aquello que representara lo bueno. Pues, ahí va el espóiler, la belleza conjuga todo lo bueno. Y los ojos la buscan para ponerle nombre, tocarla, saborearla…
Proporciones de la belleza las que propusieron los griegos; copiados hasta el hartazgo, modificados en el Renacimiento, exagerado en el Barroco y desbocado en el Rococó: retornada al clasicismo y desmontada en el siglo XX.
Hoy seguimos en esa búsqueda. Y los arquetipos de belleza son cada vez más inasequibles. Los vídeos en las redes sociales muestran bellezas sorprendentes, muchas veces mudas. Pero, cuando las ves, inconscientemente, se les otorga una voz aterciopelada, un carácter magnético, una mirada profunda, una tersura infinita. O unos músculos impresionantes, una destreza divina, unos dientes perfectos, un discurso impecable… Todo en una imagen.
Y podría ser, podría ser que un ser humano, por ser imagen de Dios, fuera el compendio perfecto de todas las virtudes embotelladas en un cuerpo de infarto. O no. Y entramos en el proceloso laberinto de que quizá tenga verbo y belleza; o quizá debería quedar callado pues, calladito, está más guapo, hay más misterio. (es en este punto en el que pones de tu parte y el contrapunto a todo lo que podría o no ser).
Y es que, al fin, te das cuenta de que la belleza no es solo un canon de perfección. Es aquello que cambia la percepción de la realidad cuando aparece. Bello el volcán que destruye y fertiliza, bello el grito desgarrado de la madre en el parto, pues trae la vida nueva: bellas las cenizas del amigo que se desparraman en la tierra que amó, pues nos recuerda que eran amor, son amor, sus recuerdos, ave fénix de la esperanza…
Bello es el lugar que cualquiera hace hogar cuando abraza. Y, cómo no, tú eres bella, eres bello: No lo olvides