
El otro día andaba dando vueltas a una cosa y no acababa de aclararme. Me explico: las circunstancias económicas actuales promueven que, si tienes iniciativa y hay un posible mercado, te puedes lanzar y, por ejemplo, abrir una tiendecita. Hay muuuuuuchas. Pero, para paliar el paro en el que estamos y por aquello de ganarnos el pan, abres una tienda de comestibles. Vendes comestibles que compras en una tienda mayor que vende los mismos comestibles que tú a un precio menor del que tú pagas.
Si los dioses te son favorables, imaginando claro, llegas a crear una cadena de tiendecitas en las que sigues vendiendo lo mismo que muchas otras. Hay una demanda para vender productos en muchas tiendecitas y tiendas grandes de lo mismo. El mercado regulará los precios y esas cosas tan aburridas. Se produce mucho para diversificar el mercado y, lo que sobra, se tira.
Una enorme cantidad de producción que no llegará a mucha gente por no estar cerca de tiendas, no tener recursos para comprar y que no están en el vertedero adecuado para pillar algo. Los consumidores y los carroñeros, todos, devorando el producto de la tierra y sus productos ultraprocesados.
Y me voy al título. Caníbal. El hombre se come a su igual porque es la ley de la selva en la que vivimos. Si te duermes, te lleva la corriente o te come un congénere. Y no hace falta que haya afectos. Un caníbal, a la hora de comer, no ve un amigo, un hermano, un conocido: sólo ve comida. No hay sentimientos, no hay vínculos: sólo la necesidad de devorar.
Aunque hay superproducción de alimentos para alimentar tres planetas, vampirizamos la tierra y la sometemos a las órdenes del IBEX 35. Masticamos infancia, deglutimos inocencia, cagamos educación sin ninguna ídem. Caníbales sociales, religiosos, políticos, morales; no importa nada. La propia existencia del canibalismo hará que mires tus manos con hambre: y las muerdas.