Tan calentitos que estamos. Los veinte apretaditos. Es una sensación como de familia. Allí, en la estantería con tantos colores, tantos nombres. Y todos somos cilíndricos. Esa sensación de que hay muchos como yo…

Y llega alguien. Y compra. Quita el plástico que envuelve la cajetilla. Y saca un… cigarrillo. Para quien lo coge, es el más importante de toda su vida pues lo necesita: quiere extraer todo el ser que habita el tabaco: inhalarlo y adherirlo a sus pulmones, sus dientes, su lengua… Arde el cigarrillo. Manda señales de su existencia, ese humo leve que se eleva, retorciéndose, expandiendo su blancura con sinuoso vaivén. El fumador va terminando el mejor cigarrillo de su vida. Son tres caladas seguidas, echando humo por la nariz. Y, el más importante, deja de serlo: aplastado por el zapato de quien moría por él, reduce su incandescencia naranja a un negro frenazo en la acera. Sin decir adiós, se marcha.

Y vuelve al poco. Saca un cigarrillo. Lo enciende… vuelta a empezar.

No es suponer: Es certeza. Como verdad es la metáfora de nuestra existencia consumida, a modo de cigarro, por quienes nos ven como consumibles. Deseo por devorarte, placer al hacerlo, desprecio al terminar y vuelta a empezar.

Quizá sea momento de reconsiderar el modo de vivir. Al menos, dar el valor que le pertenece a una vida que tiene que ser fecunda y no un objeto de consumo.

Dejar de percibir la existencia como el tramo que transcurre entre la seguridad del paquete de tabaco y las cenizas entre cadáveres de colillas tras ser aplastados en un reciclable contenedor.