
Pues como se ha abierto la veda, aprovecho y salgo a poner las trampas; no voy a perder el tiempo haciendo la monición de entrada, la trama vamos, desarrollándola con el nudo y deshacer tanta tensión en el desenlace, no: no.
Santo es aquel que es auténtico. Genuinamente hombre como ser consciente que vive la vida sin dobleces. Que gestiona las frustraciones como puede, que siente la alegría como un bien a compartir; aquel que, en las dudas, está a favor de los que no pueden. Y son, en resumen, los que buscan el Reino de Dios y su justicia; que no es otra cosa que cada mujer y hombre vivan con dignidad y respeto. A todo y a todos.
Toda la morralla, la basura que se amontona a los pies de los santos tal y como se entiende desde tiempo inmemorial está diseñada astutamente para que te inhibas. Para que creas que otros lo serán, pero no tú. Que otros darán la cara por ti, porque tú lo vales; pero que tú no debes hacer valer tus valores porque no tienes lo que hay que tener. Así, mirando imágenes de madera tallada o de resina china, estarás muy ocupado en hacer las cosas que te distancien de tus hermanos, maltraten el medio ambiente, aturdan tu valor, fomenten tu miedo.
No. No me gustan las estampitas de santos. No me molan los escapularios con trocitos de tela que tocaron el sobaco de tal o cual santo. No. No me ayudan a creer que, con fe, lo puedo todo. Y, sobre todo: con fe, creo que tú lo puedes todo. Juntos. Codo con codo.
Las hordas que conformamos los cobardes creyentes que siguen esperando un mesías que les haga la cena en grupos de cincuenta deberíamos reconsiderar nuestra percepción de la santidad.
Santidad es ser humano, es creer que puedo, es fallar y ponerse de nuevo en pie. No es hacer milagros. Es ser milagro día a día: Imagen y semejanza de Dios para que sea como en el cielo.