Todos los ejemplos que voy a poner en el presente textillo son reales.

Ahí estaba el señor. Con la chilaba, el gorro puesto, las sandalias sin calcetines a las ocho de la tarde del 19 de enero en la provincia de Toledo. Y ahí salió el avezado investigador que languidece dentro de mí y me dijo bajito: Es marroquí.

Y es que, saliendo de una tienda, hizo su aparición un señor con botas altas sobre el pantalón, camisa ancha con amplísimas mangas por las que aparecían las del jersey cuello de cisne; para completar la imagen, movía ostensiblemente las manos, vociferando con cierta gracia, creo… Con el amaneramiento que casi esperamos del ser humano descrito, saqué mi conclusión.

Africano, cuando vi un negro. Chino, cuando entré en un todo a cien, aunque fuera coreano o tailandés… todos me decían sin una sola palabra cosas evidentes, características que no mentían pues estaban delante de mí.

Lo que estoy diciendo es que lo que es verdad, lo que no se puede esconder, comunica sin filtro, se ve.

Y pensaba que, cuando un seguidor de Jesús va por la calle, podría tener el aspecto de un norteafricano, ser negro, gay o chino. Pero es una característica que no es evidente, como lo que se ve.

Y caí en la cuenta de una frase que marca la diferencia: “Mirad cómo se aman”.

Y es tan raro evidenciar una relación de amor verdadera. Da tanta vergüenza…

Mientras no sea de ese modo, malamente; creo que lo que es verdad, volvemos al principio del texto, no se puede esconder.

(prometo: amarte cómo a mí mismo, tampoco lo esconderé.)