«Las Homilías, como las minifaldas: cortas y que enseñen mucho»

El domingo fui a misa. ¡Qué sorpresa, eh! Pero la sorpresa no me la llevé yo cuando empezó la homilía. Fue lo mismo de siempre. Una sarta de obviedades, con pinceladas de comentario de texto y mucho de telodijes y túsabes…  Como soy algo soberbio, me dio por pensar qué ocurriría si la homilía fuera seductora; no digo siempre: sólo de vez en cuando, para despistar a la parroquia. Sería curioso pues la gente iría y, antes antes, se preguntarían si esta sería la vez en la que se aburrirían como de costumbre o sería algo que mereciera nuestra atención.

Poneos en situación: a la invitación de “podéis sentaros” seguiría un breve speech en el que se diría algo sugerente que se podría poner en práctica, tendría que ver con el Evangelio como Buena Noticia para ya, para hoy…

Y se volvería, el sacerdote al altar, para seguir con la ofrenda…

La gente se quedaría a cuadros porque tendría la sensación de que habría pasado algo inusual: una homilía corta y con contenido cautivador. Se quedarían con ganas de preguntar: ¿Puede repetirla, por favor, que no me he enterado bien y me ha parecido interesante?

Lo lamentable de la situación descrita es que la tradición impone su tiranía y las homilías son esos ratitos tan prescindibles que te permiten pensar en el menú de la semana.

Por supuesto que todas las homilías no son así. Pero pocas he escuchado que duren menos de cinco minutos. Lo nuclear que se pueda decir no debería ocupar demasiado tiempo y los argumentos teológicos que sustenten el resto de ella son paja, de la que no se lleva el viento porque pesa demasiado.

Y todo esto me recordó una vez que fui a un funeral en el que hubo un responso dirigido por una azafata de muy buen ver que, tras pedir silencio, dijo con clara voz: “Oremos todos juntos”. Y, con cara circunspecta, empezó a decir obviedades más propias de un sacerdote… Fueron los diez minutos más largos de mi vida.

En fin. Sacad conclusiones.