Ahora que la pandemia está arreciando, que los contagios se cuentan por decenas de miles; ahora que los nuestros se asfixian boca abajo en camas, solos: arañando lo que pueda inflar sus pulmones, una vez más, como si de una frontera que asaltar infinitamente se tratara…

Ahora que el miedo, la principal consecuencia de la COVID, se ha adueñado de la inteligencia y la emoción de cada uno de nosotros, siento que no estoy siendo lo que debería. Leo en los grupos cómo se pide por ancianos, adultos, enfermos crónicos, jugadores de pádel, profesores de latín, personal shopers, youtubers, entrenadores de gimnasia rítmica… Y veo cómo se aferran, los que dudan de la existencia de algo distinto a lo matemáticamente constatable, a oraciones infantiles buscando la divina protección, el milagro como señal de existencia. Y lo lamento.

Nos acordamos de santa Bárbara cuando truena. Cuando nuestra supuestamente inexpugnable vida occidental se ve amenazada, volvemos al oscurantista credo judeocristiano e hincamos la rodilla implorando misericordia. Y lo lamento.

Lo más cierto que tengo en mi corazón es que necesito creer en lo que creo. El hecho diferencial no es lo que tengo: es lo que creo. Mis actos son los que me definen. Y vivir acorde a mi credo es lo mejor, lo más divino, lo más milagroso que puedo hacer. No soporto ver cómo se toma el nombre de Dios en vano cuando ya lo banalizo con cada paso que doy sin tenerlo en consideración; pensando que dios sólo existe para juzgar y condenar: controlar y predestinar…

Lo más adulto, lo más poderoso… ¡Cree! Verdaderamente cree y deja de lamentar. Que vuestro credo sea pilar para los que dudan; y, en consecuencia, se formularán antiguas preguntas y se darán respuestas propias, originales o no; La pandemia ha venido a recordarnos que somos vulnerables. (como si alguna vez hubiéramos dejado de serlo).