Como me parece que no es malo dar una vuelta a las cosas que damos por supuestas, repensaré esto del nacimiento, renacimiento, de Jesús en la oscura noche belenita. Las estrellas son indiscutibles: por asociación, la estrella que guía a los sabios hasta el portal; el niño, la madre y el padre y no en rigurosa aparición son imprescindibles… el orfeón celestial y pastores son los que otorgan coralidad al asunto.

Pero, en todo esto, hay algo que falla. La puesta en escena es repetitiva: no logra conectar con el meollo de la encarnación del omnipotente en el nadapoderoso hijo de María. Porque se ha encapsulado en un momento, en un tiempo litúrgico, en el movimiento armónico simple del péndulo que viene y que va…

Y he caído en la cuenta de que tengo que renacer. Y no de cualquier manera. Tengo que nacer al hombre nuevo. La palabra que desbarata la perspectiva es nuevo, que se percibe o se experimenta por primera vez; Y cambia tu forma de mirar, de vivir: el milagro de que tú eres el milagro, que tú eres el mesías, el salvador.

Y el milagro vivo que eres tú camina entre las sombras de la noche, como una luz: ni chica ni grande: luminaria que no puede ser contenida por oscuridad alguna. Su presencia cambia, como en el principio de incertidumbre de Heisenberg, el medio que ilumina, haciendo imposible saber cómo era lo que había previamente: Ya nada es igual.

Queridos Nicodemos, ancianos y jóvenes… sed bienvenidos. No hay examen u oposición para esto. Las condiciones necesarias para acceder al puesto de salvadores del mundo no son complicadas. Dar un paso, de nadapoderoso a confiado, sin ninguna certeza: siendo un niño, entre unos padres primerizos, animales en la cuadra y la convicción de que no eres el más cualificado. Eres tú haciendo de cualquiera noche, la Nochebuena.