
Sigo desde hace mucho tiempo, con gran interés las declaraciones que hacen por la tele. Me fijo en la puesta en escena, con sus infinitas posibilidades, en el lenguaje utilizado, culto donde los haya y donde el dominio del diccionario es impropio casi del siglo XXI, la indumentaria que se utiliza para la ocasión… En fin.
Dando gracias a la Real Academia por su pulcro trabajo, vuelvo a echarme en sus páginas y busco lo que significa declaración, que no es otra cosa que
“Manifestación o explicación de lo que otro u otros dudan o ignoran.”
Y bueno. Casi se ha terminado el asunto a tratar porque, si las hace un futbolista, ya te digo yo que no habla de la presión barométrica imperante en el encuentro: tampoco lucirá media etiqueta: ni un cuarto. Lo dejo a vuestra imaginación, que no hay que llenar todos los huecos. Del vocabulario, recortadito donde los haya, se ve sobrepasado por los mensajes que sus tatuajes lanzan…
Si hablamos de política, es peor: es mucho peor. Lo que dicen no se corresponde con la objetividad. Se deben a la posverdad a la que rinden pleitesía sus vidas y haciendas. Se harán, o no, dependiendo de la casuística reinante, coyuntura para los más avanzados; y la equipación que gastan, la pagamos los contribuyentes pues tienen asesores, que también pagamos los contribuyentes, no está demasiado mal. Pero, nadie sabe defender la camiseta si no la siente suya. ¡Uy! Me he ido al primer grupo.
Si de juicios hablo, me embelesan las declaraciones de quienes van a sede judicial a decir que se acogen a su derecho a no declarar, por el bien de la verdad.
La cuestión, no me rendiré a la tentación de poner más ejemplos favorables a mi opinión, es que algo que debería ser para el esclarecimiento e iluminación de procelosos, oscuros vericuetos vitales que nos afectan de un modo insospechado se han convertido en la mejor manera de no decir nada. No sé qué nuevo puede aportar un comentario de un deportista sobre su disciplina tras haber finalizado. Tampoco qué luz aporta una cortina de humo, una sesgada información, una partidista elucubración por parte de ningún político, obligado, por ende, a defender los intereses de su bando.
La única declaración verdadera es la que recibo tras la comprobación, siete meses después de presentar el IRPF, es la de que voy a ingresar la cuantía solicitada. (con la amenaza de la posible y posterior revisión) Creen que, si tardan más, me hará menos falta.