¿Os habéis fijado en la sección de deportes de los informativos? No se caracterizan por la originalidad en las intervenciones de los mencionados. Véase el ejemplo:

Un entrenador hace declaraciones antes del encuentro: “Va a ser un partido disputado. El rival es mentalmente estable, pero nosotros estamos en un buen momento.” Si gana, comentará que el nivel que ha desarrollado su equipo ha estado a la altura de las circunstancias. El entrenador del equipo vencido tiene varias posibilidades: El árbitro ha sido parcial, no hemos jugado bien y que, si algo va mal, es culpa suya. Todo perfectamente intercambiable.

Estas declaraciones son exportables a todos los deportes. Después de profundo discernimiento propongo que no las hagan más o que cambien el contenido de sus discursitos. Como alternativa, cabe la posibilidad de instar a la afición a dejar el estadio limpio, que no haya choques entre aficiones y que el objetivo corporativo del equipo es ser un ejemplo de superación y de animación a la lectura: tanto de clásicos como de nuevas corrientes en el pensamiento neocartesiano, epicúreo chill, postnihilista o el Dadaísmo en el siglo XXI.

Lo único que cambia en la puesta en escena son las marcas publicitadas a las que les importa una mierda quién gane. Sólo quieren vender sus productos; no necesariamente deben tener algo que ver con los valores del deporte. Este es sólo la peana desde la que vocear las virtudes del producto que más se vea.

Y lo sorprendente es que es así desde que la tele es tele. Lo damos por hecho y nos lo tragamos sin filtros. Lo de siempre.

Lo de siempre. Quizá el deporte sea una plataforma para mejorar los valores que rigen nuestra existencia y, la mejor manera de hacerlo un consumible, es escuchar las profundas disquisiciones metafísicas de un entrenador ante un micrófono.

Que cada uno saque conclusiones. Esto ocurre en muchos más ámbitos.