
Para que todo valga. La sensación que tengo es que hay una tendencia en el comportamiento de nuestros líderes a emborronar todos los términos, reformular los contenidos para que el blanco y el negro sean lo mismo: la justicia y su ausencia sean homónimas… En un juego infinito de triquiñuelas sin par, una carnicería es una sala estéril, una sonrisa burlona es responsabilidad: un silencio es un discurso.
Y se manejan cifras como si sólo fueran números. Se ofrecen parabienes a los más necesitados pues se hace con ello un bien social, se retuercen y violan los cimientos de la educación en su nombre…
No seré yo quien niegue que es importante la inclusión de todos los grupos que, por etnia u origen, son condenados al extrarradio de la sociedad del bienestar.
O sí seré yo…
Soy yo quien opina que dar derechos sin su consiguiente contrapartida es el alimento de los caprichosos. De una situación de marginalidad, en la que falta lo más esencial, decimos a los interfectos que tienen derecho a tener recursos económicos por el solo hecho de pertenecer a ese grupo. Y no se tiene en cuenta que hay que dotar de recursos a quienes no los tienen, pero de otro tipo; quien recibe sin haberlo trabajado, sin valorar lo que cuesta, se cree con el derecho no sólo a eso: sino a mucho más pues, ¿dónde está la frontera?
Estamos gestando una sociedad que precinta la boca de las bolsas de marginalidad con dinero, para que siempre estén ahí, generando una desigualdad social muy recomendable; para que se pueda apelar a ella cuando los mesías sistemáticos de turno alcen su voz y defender sus derechos (la de los mesías) a vivir de cojones gracias a todos los desgraciados a los que se les ha dicho que vivir es más circo y más pan…
Una sociedad condenada a la cadena perpetua de la depresión pues nada puede llenar el vacío que se pretende llenar con costumbrismo, tradiciones, culturas que preservar… Porque es mejor dar antidepresivos, que no cuestionan el modo de sociedad, de vida, que arrancar a dolor las premisas antes formuladas. Quizá así dudemos de que eliminar la consecuencia de las heridas es mejor idea que curarlas.
Tenemos derecho a todo: comer de todo, no hacer deporte, estar gordos por ello y tomar pastillas para adelgazar mientras me cebo cual ternero; tener referentes musculosos y delgados en los que no se adivina la inteligencia de un gusano de seda: y es que son tan monos, tan delgadas…
Tenemos derecho a amputar al ser humano su capacidad de trascendencia pues es peligrosa: Es la semilla de las preguntas que cuestionarán el modelo que se nos ha implantado como un chip de mascota. Ya llegarán los doctores para recetarnos medicamentos que eviten el sudor, las lágrimas, los abrazos, los besos de amor…
Tengo derecho a elegir cómo vivir mi vida. Pero nuestra democrática sociedad, capitaneada por ineptos, nos dicen cómo elegirla.