No. No me estoy refiriendo a los colegios públicos. Me refiero a este estado de ánimo en el que me encuentro, reforzado por las noticias que escucho.

En la comunidad de Madrid, donde se está desmontando la sanidad pública a pasos agigantados (en el resto también, pero menos evidente) se culpa a oscuros poderes bolcheviques la protesta de los sanitarios. Es gracioso porque es la mejor manera de vaciar de valor la sanidad de todos, para hacerla de unos pocos. Se dice que hay inversión pública; debo suponer que es dinero que acabará en bolsillos que lo invertirán en seguros de salud mucho más caros y menos eficientes de los que ya tenemos. Desconcierto número 1.

Leo la repulsa enérgica de la legación rusa en España contra las cartas incendiarias que pretenden prender la navidad de un modo deflagrante. Es más curioso cómo un país que ejerce el terrorismo en otros países se horroriza ante tan reprobables actos. Lo de dejar a la población ucraniana sin luz y sin posibilidades de calentarse debe ser un chiste; atacar un país porque le apetece, un pasatiempos, supongo… Desconcierto número 2.

En el fin de semana en el que se celebra la soberanía del pueblo, escucho cómo el portavoz de los independentistas dice que ha usado el apoyo a los presupuestos generales del estado para quitarse de en medio el delito de sedición. ¡Qué sorpresa! Nunca lo habría adivinado. Y así es como se ejerce la soberanía del pueblo. Chantajeando a un gobierno que quiere permanecer en el poder a cualquier precio para que su gente pueda presentarse a las próximas elecciones. Ya seguirá extorsionando al gobierno hasta que la inoperancia sea su máxima virtud. (Ahora es una de las mejores) Desconcierto número 3.

Y el desconcierto número 4 es el de culpar a otros de los propios errores y cargar responsabilidades que sólo corresponde al cargo que ostenta. Digo ostenta porque no ejerce. Hablo del ministerio de Igualdad, que tenía muchas ganas de ser superdivino y ha evidenciado la incapacidad de la ministra.

No hablaré de nuestro ministro del interior, que cree que morir cincuenta centímetros más allá es menos morir: o le exime de la responsabilidad de decir la verdad; o no faltar a ella.

Hablar de todo esto, hablamos todos. Me parece importante escribirlo para que no se nos olvide. Creo, cada vez más, que el poder corrompe. Y que no se duele del dolor del pueblo que, desconcertado, sigue esperando que dejen de discutir, dialoguen y se ganen el sueldo.