Es un acto, socialmente hablando, bastante vistoso. (Acción de desfilar, que no es otra cosa que marchar en fila) Me hace pensar un poquito el hecho porque, por menos de nada, vamos en fila, desfilamos, procesionamos, nos manifestamos… En tales actos, se muestra nuestro credo, nuestras convicciones, reivindicaciones, nuestro poder… La cosa es lanzar un mensaje. Cuanto más grande es la concentración, parece que más verdad es.

Y es en ese punto, en el de la verdad, en el que me salen duditas, tú sabes… Si el número es lo que cuenta, la mayor verdad está en el fútbol, a nivel mundial: ya sea Rugger o Soccer, es la mayor expresión de desfiles a nivel mundial. Compite también con los conciertos y con los festivales de música de verano. Muy de lejos, en otras ligas, están las peregrinaciones a La Meca o a cualquier aparición de la Virgen María.

Todos en fila: a desfilar. Una demostración de poder que se parece también a las que hace Corea del Norte, empeñada en lanzar pepinos nucleares al mar de Japón. O en celebrar el cumpleaños de su amado líder.

Me pierdo…

La cosa es que los desfiles tienen que ver muy poco con el trigo que se les da a las gallinas. Tampoco tiene que ver con la hora a la que nos levantamos a trabajar, el menú que hay que preparar para la comida, la cena… De hecho, los desfiles no tienen nada que ver con la vida real. Los baches, el reciclaje, las ratas en los vertederos…

El verdadero desfile es la de seres humanos asesinados por las guerras, todas injustas; el desfile de los muertos de hambre por las hambrunas que la codicia del ser humano genera para mayor beneficio de unos pocos. Los desfiles no dejan de ser un juego floral, donde nos hacemos fuertes las minorías, las frustraciones, las angustias, los miedos porque, si hay alguien que comparte mi angustia, mi soledad… Vamos: que las penas con pan son menos.

Pido perdón si hiero sensibilidades. No hay razón para rasgarse las vestiduras. Pero, a mi juicio, la unidad que se exhibe en un desfile es sólo la millonésima parte de la que vivimos todos los días. Si las diferencias nos hacen salir a las calles, mostremos lo que nos une cada día. Seamos verdad: no concedamos ni un milímetro a la discordia y su manzana, la diferencia y su ponzoña. No hace falta alardear de la diferencia pues es la que muestra la originalidad de cada ser humano. De eso, cada uno, tenemos que dar fe con nuestra vida.