Sean países, sean corporaciones; mercados financieros, campos de fútbol o patios de colegios, el maltratador siente una agradable sensación, una placer inenarrable, una satisfacción infinita con el dolor de la víctima. Y es ese placer, imposible de colmar, el que se busca a costa incluso del entorno.

El maltratador, en todas sus variedades, no es un enfermo: es un adicto al dolor ajeno.