“Quien mucho ama, mucho perdona.”

“Al que poco se le perdona, poco ama.” (*)

Traigo estas dos frases porque la segunda aparece en el evangelio de hoy. Y la primera es de las que están permanentemente en mi cabeza. Aparentemente no se llevan bien.

Las dos frases son interpretables. La primera parece ser más fácil de entender: aquel que ama mucho es proclive a perdonar, pues el amor es ponerse en los zapatos del otro y comprender el porqué de las acciones del sujeto a perdonar. Eso tiene una premisa también. Y es que, para amar a otro, hay que amarse a uno mismo; y esa es la medida con la que amar a cualquiera. Eso complica un poco la ecuación, pero es lógico. Nadie da lo que no tiene.

La segunda frase es un poco más enrevesada. Si hay alguien a quien perdonar, de quien conocemos su capacidad para meter la pata y a quien se le niega el perdón, se le está imposibilitando el acceso al amor a sí mismo, en primera instancia y, por ende, a su capacidad para amar a otros.

Parece que una variable muy a tener en cuenta es la sensibilidad al perdón: aquella por la que reconozco el bien que me hace ser perdonado pues habilita la posibilidad en mí de perdonar, en la medida que sea capaz, y la de reconocer que soy digno de amor.

Son dos cosas diferentes, ¿no crees?

*Lucas 7,36-50