Miro mi cuello y constato que tiene las huellas del tiempo. Recuerdo cuando no había tantas cosas pronunciándose en él. Ahora, parezco una tortuga estirando la cabeza hacia delante. Tengo manchas en la piel de mis manos, bolsas bajo los ojos: Ya tengo aspecto de persona mayor. Cuando era un niño, alguien que tenía mi edad era un viejo. Ya está casi todo dicho.

No me interesa luchar contra el tiempo: esa batalla está perdida desde el momento que fui concebido. Doy gracias por mi mortalidad, ese gran regalo que me hará la vida cuando llegue el momento, que no será el que quiera ni el mejor: llegará y será un privilegio unirme a todos los que estuvieron antes que yo.

Esta certeza me hace vivir como si no tuviera alternativas. Soñar con todo aquello que creo que me hará más feliz, cambiará la percepción de la Esperanza que nos habita y que está aplastada por todos los productos, todos efímeros, que pretenden mentirme y escriben su esquela…

¿Quién se responsabiliza de los latidos de mi corazón? ¿Quién dará los pedales de mi bicicleta cuando no esté? Ni la primera pregunta puede responderla nadie excepto yo ni la segunda la puedo contestar. Siento una libertad despiadada cuando me doy cuenta de todo ello.

Por eso me parece importante reseñar que, en el cuadro que pintamos todos los vivientes, la alegría que tengo que poner yo, sólo yo la podré poner. Si no lo hago, quedará una pincelada sin dar: es como el punto negro en la pizarra blanca. Todo el mundo repara en él.

Ea pues. Me sale aseverar que nadie se puede quejar de aquello que él mismo no aporta. Pero lo diré en primera persona: “De lo que yo no haga, no viva, soy el único responsable.”