Hoy, mirando por mi ventana, he visto el reflejo del sol sobre el agua; en su movimiento, su color, he visto una belleza inenarrable, una insoportable futilidad, una gratuidad infinita.

Y me ha dado por pensar en que me gustaría ser capaz de comunicar una infinitésima parte esa belleza en una creación: un poema, un dibujo, una canción… Todo sería una estupidez porque no se acercaría al relato que me contaba el agua mientras devolvía los reflejos del sol desde la superficie.

La belleza.

Hay gente que es capaz de captar una cantidad suficiente de ella para emocionar a quienes contemplan, escuchan su obra. Son recreadores de aquella que nació del principio del tiempo, en una explosión de energía inimaginable, toda la luz: millones de veces más cegadora de lo que soy capaz de imaginar.

Y en mi ridiculez, intento describir lo que otros viven: el canto de la golondrina cuando se acerca al nido a dar de comer a los polluelos, el sonido del viento en las hojas de la parra; los ojos de una madre mirando a sus hijos mientras duermen, el silencio del hortelano tras cavar las patatas…

Todo es vanidad a la postre. Un estéril intento de formular lo evidente con palabras que otro creó; verbos que otros vivieron, canciones que ya fueron cantadas…

A quienes nunca llegaremos, nos queda el consuelo de quienes miran por la cerradura y pueden hablar de una belleza intangible, con palabras que nos inundan de paz.

Siempre habrá quien la falsifique; o lo intente, poniéndole nombres desconocidos, pretendiendo describir lo que son incapaces de soñar. A estos últimos, un consejo: rodeaos de artistas: aquellos que hacen de su vida un puente entre este valle de lágrimas y la mutante y fértil belleza. Esta, no sabe que es la vanidad, porque es la esencia de la vida, el motor de los sueños, el alma de la buena noticia.