
Barbaridades. Un cerro de ellas nos acompaña todos los días como los créditos del principio de una película. Comer con bebidas refrescantes azucaradas, o azúcares refrescantes bebidos; llamar comida a las “Fast Foods”, que quitan el hambre, pero no alimentan; calificar como deporte a los juegos online, tildar de bello un cuerpo escuálido o codificar como ejercicio de autoconocimiento y libertad a pesar trescientos kilos.
De las muchas con las que nos han domesticado, hay una que me resulta obscena.
Haré la monición de entrada:
La música es el lugar donde todos nos encontramos. Es la religión universal, el tónico que te abduce de la tristeza, la luz al final del túnel: un oasis de vida en medio de la mediocridad. Y, tachán, viene la afirmación a defender: “Es un delito de lesa humanidad encadenar el poder de la música a través de las marchas militares”.
Sólo mentes enfermas, deshumanizadas, pueden tejer tan maligna red sobre el sonido de la vida. Pervirtiéndola, sacándole las tripas rítmicas, apelando a su divina influencia y a golpe de bastón, la música marca el compás. En las paradas militares, la exhiben con un bozal, deformada y gris: para exhortar, enardecer a quienes escuchan, inyectándoles valor a través de la sublime capacidad de la música, amputando su espíritu, acallando su conciencia.
Tambores, metal y viento: llamando al corazón de los hombres; pulmón de acero soplando, aturdiendo la humanidad: corrompiendo el aire.
Que cada uno de nosotros use el instrumento que prefiera. Si no sabe tocar, que use su voz. Paremos el tiempo con la música que llena nuestra mente de recuerdos, memoria; y de lágrimas que limpien nuestros ojos. Así nuestra mirada será nueva y, la música, el alma de todos.