
Si la palabra es la casa del Ser, según Heidegger, la música es la urbanización donde quieren vivir todas las palabras…
Para contar la alegría de la lluvia tras la siembra; para celebrar el nacimiento de un crío o para llorar la marcha de un ser amado. Para acompasar el trabajo comunitario en la cosecha o ensanchar el alma cantando en el templo. Está aquella música que te envuelve y te hace retornar a tiempos pretéritos, los tristes y los felices: música que te embriaga como las flores en primavera, que te hacen enmudecer o te arrastran al torrente de las palabras intentando describir lo que está ocurriendo en ese preciso instante.
Cada canción lleva un trozo de alma de quien la compuso. Decir esto es arriesgado si consideramos estos tiempos que vivimos: escuchándolas, uno se pregunta qué es lo que habita esa voz que desprecia su propia dignidad y a quien canta…
Cantos que ensordecen los estallidos de las bombas, amortiguan el hambre de los niños y los brazos de quienes los mecen…
Canciones tan necesarias como el pan. No alimentan el cuerpo: fortalecen la invencibilidad del alma de toda la humanidad que las entona, a una sola voz, y la hace ponerse en pie.
A todas las canciones que, violadas por la manipulación, son mártires al decir aquello que nunca quisieron; a los compositores que hipotecaron su alma por un plato de lentejas y emponzoñaron, virulentas, las palabras que sólo querían hablar de amor… Guardad silencio: escuchad los torrentes, el viento que arranca árboles de cuajo, su latido. Quizá entonces encontréis el amor primero que hizo recordar la primera canción, el latido del corazón materno, y el arrullo de la nana…