Entre las infinitas eternidades que transcurrían, entre día y día de la Creación del mundo, a Dios le daba tiempo de pensar en posibilidades, diseños… ¡Qué puedo decir! Una mente en plena ebullición creativa, una tormenta de alternativas…

Y claro: estaba él dando vueltas a todas las cosas cuando se dio cuenta de algo sorprendente; los vínculos que se establecían entre los animales creados. Y le resultaba fascinante pues, tal y como nacían, se encadenaban de un modo que le resultaba misterioso, la cría y la madre. Ya fuera hipopótama, ya cachalota, el lazo que se establecía era indestructible. Interesante.

Y la cosa fue a más cuando llegó la creación del Ser Humano. A su imagen y semejanza, ponía en el contrato; y, salvando los pequeños detalles de la serpiente, la alianza era poderosa…

Inexplicablemente, vigoroso y llanamente, los hijos de las mujeres establecían alianzas que iban más, mucho más allá, de la lógica y la supervivencia: las eran de amor, protección, amparo y paz.

Y Dios, que a pesar de su sabiduría y que muy probablemente no tenía ni idea de aquello que estaba ocurriendo, pensó que, en su propia naturaleza, estaba esa impronta.

Y quería saber qué era eso de ser amado, de sufrir y ser protegido: de aprender a base de errores y de amores a fondo perdido.

Reconoció el amor como parte integrante de sus pentosas: aquellas que definían el ADN que le hacía creador, divino: amante y necesitado de amor. Tanto amor como infinito era todo lo que creaba…

Y quiso saber qué sería eso de en la tierra como en el cielo. En su corazón como en el de todos sus hijos: quiso saber qué caminos elegían las lágrimas derramadas por una madre.

Si el alma es la parte del ser de Dios en el hombre, el hombre es la parte del ser humano que habita en Dios.