Tras asistir a una reunión y escuchar el enésimo elogio de la liturgia, me pongo a escribir. Cuanto más me intentan explicar lo fundamental que es en la vida de fe, menos siento que eso sea cierto.

Pienso que, mientras la liturgia es el intento de sacralizar lo sagrado, explicar lo inexplicable, describir lo inenarrable, sustanciar lo infinito, esconder lo evidente, Dios hace salir el sol todos los días, sin tener que explicar qué es una reacción de fusión por la cual recibimos luz y calor; hace que llueva sin necesidad de hablar de los tres posibles estados en los que te puedes encontrar el agua: te hace sentir el sabor de una fresa sin necesidad de la adjetivación sensorial que rige en los catadores.

“Las fresas presentan una carne perfumada, jugosa y mantecosa, que se deshace en la boca a la mínima presión, con un sabor que varía de ácido a muy dulce. Lo que más caracteriza a esta fruta es su intenso aroma. La nota de piña tropical en las fresas corrientes se debe a la presencia de ésteres de etilo. Algunos compuestos de azufre y un complejo anillo acaramelado con oxígeno, el Furaneol, redondean su aroma. Las pequeñas fresas de bosque europeas tienen un sabor a uvas Concord gracias a los Antranilatos y una nota picante, similar al clavo. Es una fruta roja, con gran cantidad de aromas almizclados, como son las especias, canela, clavo, nuez moscada, pimientas…”

La vida no es silencio: es brutal, salvaje; piedras y barro; sangre y partos, besos y abrazos. No es velas e incienso: es un géiser, un terremoto: un maremoto, un arroyo. Es sombra que nace de la luz a tu espalda, sonrisa que brota de la confianza, susurro de la brisa al atardecer.

La liturgia esconde lo que la vida muestra sin restricciones ni conocimientos.