
La de veces que hemos visto estos animales salvajes en la tele. Maravillosos, espectaculares, majestuosos… Osos, también; Sentimos ternura ante el porte de tamañas maravillas de la naturaleza. Pero, cuando los vemos con las fauces llenas de sangre, despedazando su merienda o tentempié, nos da un queseyó… Objetivamente, es la misma maravilla, pero alimentándose. Ambas circunstancias son perfectamente compatibles.
En el caso de los seres humanos, la cosa se complica un poco. Porque el buen salvaje que todos llevamos en el sistema operativo está, más o menos, domesticado (Reducir, acostumbrar a la vista y compañía del hombre al animal fiero y salvaje.) Pero ahí está: agazapado y dispuesto a liarse a dentelladas con lo que haga falta.
Ser consciente de esta naturaleza es útil. No podemos ir por ahí salvajeando. Tenemos que ser educados: no por el hecho de serlo, sino porque es lo que esperamos de los demás. Si no es así, no estamos domesticando al monstruo, sino que estamos asilvestrando la sociedad. En nombre de la libertad, del libre albedrío que nace de las gónadas y esas cosas pares… Todo esto revestido de evolutiva alegría consumista.
En tanto la cuota de brutalidad que nos permitimos aparezca con relativa frecuencia, seremos capaces de asumirla como normal, como que no pasa nada. Pero no hay ataque que no deje cicatrices. A veces, son desmemorias, para no sufrir con ese recuerdo, ese aire pesado y fétido que circunda cada monstruosidad; a veces, adioses, pues es insoportable la presión de la cuerda alrededor del cuello. Todo soportado por amor, por imposición, por terror…
¿Cuánto tiempo vas a seguir gastando en alimentar a la bestia? ¿Hasta cuándo permitirás que te robe la dignidad y te haga salvaje, sin buen ni nada? Por ti: Si cero es infierno y diez es cielo, ¿qué nota te pones en la creación de un mundo mejor?
Si el mundo mejora, será por lo que tú aportes de bueno…