Siempre he defendido que la cruz para Jesús fue la consecuencia de una vida consecuente. Ir por ahí diciendo que todos somos hermanos, hijos de un mismo padre, herederos de la tierra, de toda la tierra… Como marketing sonaba bien: para su bienestar personal, no tanto.

Y es que siempre hay alguien que piensa que es mucho más digno. Siempre salta un pueblo iluminado por los astrales dioses o, simplemente, por tener la fortuna de haber nacido en un lugar poco inundable, que siente que es mucho más digno de hollar la tierra.

Y digo más: Habemos muchos, como diría Juan Bonares, hombre de Dios y deslenguado por demás, que creemos que podemos glosar la Palabra de Dios con aquellos detalles que pueden hacer de este valle de lágrimas, algo mucho más llevadero.

Temibles son los dolores de una cruz. Por eso, la mejor manera que la mayoría encontró para introducirlo en el imaginario popular, fue asociarlo a dolores del cuerpo: Todos aquellos que terminan en -itis. Infecciones y tumoraciones en todo su esplendor acercándonos al dolor de nuestro señor Jesucristo que, cual mariposa, fue ensartado en una cruz por un diligente soldado romano. No acabamos de pillar el asunto: las enfermedades son propias de los vivos: crean o no en la salvación, todos tenemos dolores. Y los dolores, no son cruces. Son sólo eso. Dolores. Y para eso, la analgesia local o general hace su trabajo.

Por eso, y para minimizar esta dimensión tan lacerante que parece que hemos de adjuntar a nuestra existencia, propongo que, a partir de ahora, cuando digamos lo de “cargue con su cruz y me siga”, diga una cosa menos acojonante y más arreglable: “soporte con cristiana compostura su esguince y me siga”.

Esta publicación está patrocinada por “Ortopedias Jerusalén”: Nuestro negocio es su calvario.