Como en las películas. Las historias son siempre las mismas. Lo que pasa en las de terror, por ejemplo, es que hay más sangre, vísceras y monstruos que, más que miedo, dan mucho asquito. En las de acción, pues lo propio: tortas y más tortas de las que el héroe sale indemne y tras las cuales el protagonista zurra al malo hasta muerte, y muerte de las buenas; con ello, justifica todo el presupuesto en explosiones y coches destrozados.

En las homilías, últimamente, pasa lo mismo. Jesucristo, nuestro Señor, murió en la cruz para llevarnos al cielo. Y vuelta la mula al trigo. Que no tenía nuestro Señor otra cosa que hacer que llevarnos al cielo. Eso de amarnos, en la tierra como en el cielo y tener un solo corazón es irrelevante. Por la naturaleza pecadora del ser humano, mención ineludible a nuestros padres genésicos Adán y Eva, pecadores de pro y culpables de todos los males, tuvo Jesús que morir de mala muerte, muerte de cruz, para llevarnos al cielo.

No. Yo creo que no. Y argumento.

Esto empezó un poquito antes. Dios es amor. Simple, ¿verdad? Pues en el ejercicio de su identidad, comprendió que no podía ser de otro modo. Y viendo cómo iba la película, tuvo a bien mandar al hijo a la tierra. Y el chaval vino a decir que hay que amar al prójimo como a ti mismo. Y eso es exactamente lo que hizo. Amar como se amaba a sí mismo: eso, es mucho. Por el amor divino, excesivo, incontenible: por el amor que nos tenía, asumió nuestros errores. Y eso…

Y se fue al cielo. No creo que fuera para prepararnos las habitaciones. En un ejercicio de confianza, nos dijo “hacedlo como yo lo he hecho”. Esto es: He amado a lo bestia. Ya sabéis la medida. No esperéis más milagros pues el milagro sois vosotros amando al prójimo como a vosotros mismos.

Eso es un milagro.