
Reconsiderar las cosas. Hacer un ejercicio de conciencia que nos haga caer en la cuenta de que estaba escrito, dicho, cantado, susurrado desde la lejanía del tiempo. Si, por un instante, comprobamos que hay muchos mensajes que, por sabidos, los hemos obviado… y es en ese momento en el que el infierno toma forma, pues podíamos hacer algo cuando nuestra lógica decía que no.
Y es que he recordado las oraciones de niño, cuando me iba a dormir. ¡Cuántas frases que parecían infantiles y eran toda una declaración de intenciones! Pongo un ejemplo.
“Con Dios me acuesto. Con Dios me levanto. Con la Virgen María y el Espíritu Santo. Cuatro esquinitas tiene mi cama: cuatro angelitos que me acompañan. Y me dicen “Duerme, reposa”. “No tengas miedo de ninguna cosa”. Hasta mañana si Dios quiere. Buenas noches.”
Si lo pongo todo en opuestos, la cosa se ve más clara.
“Dios no está conmigo cuando me acuesto. No lo está cuando me levanto. Ni María ni el Espíritu Santo me acompañan. Nada que me proteja entre los cuatro puntos cardinales. Ni duermo ni reposo. Tengo miedo de todo. Todo es noche: mala noche”
Si me planteo la vida desde el plano creyente, soy capaz de trascender; pero, si es la angustia la directora de mi existencia…
Por ello, invito a que nos pongamos frente al espejo. Nos pongamos y reflejemos todos los aspectos de nuestra vida. Al ser una imagen especular, será como la Abcisa y la Ordenada. Positiva y negativa. Quizá de ese modo podamos mirar, comprender, elegir con un grado de consciencia pocas veces visto. Y no será para nada especulativo, por jugar con las palabras: Es posible que veamos con claridad.
(Como ejercicio, os invito a que pongáis ante el espejo las oraciones que rigen nuestro interior. Es un viaje fascinante)