¿Os habéis fijado lo emocionante que es escuchar, en un servicio funerario, los valores del fiambre? ¡Qué bonito! La cantidad de cosas que hizo, que fue, vivió… Y sé que no es que se nos olviden sus fracasos, sus errores: es que ya no tienen importancia y, ya que estamos diciéndole que ya nos veremos, pues solo recordamos lo que vale la pena mantener en la memoria.

Y es que un muerto ya no cambia. Y, mientras escuchas el cúmulo de virtudes, casi teologales, del cuerpo presente sin vida porque el resto estamos presentes, pero vivos, te preguntas porqué hay que llegar a este estado de cosas; me explico:

¿Porqué tenemos que lamentar los vivos la pérdida del muerto cuando soy capaz de verme reflejado en las cosas buenas que hizo y en las que no me veo, pero identifico como valores? El lamento por una pérdida es lógico: si quedó algo por celebrar, ya no ocurrirá; si fue celebrado, será un vínculo eterno con la alegría…

Pero es un aviso a navegantes, una llamada de atención a los que aún respiramos para que, cuando estemos en tan fría situación, la de ocupar el ataúd, lo que se hable de nosotros sea que vivimos con intensidad y responsabilidad las relaciones, trabajos y errores que me permitieron compartir con cada uno de los que me lloran…

Yo quiero vivir como si siguiera el guion de un panegírico: una vida en la que los errores están para ser corregidos y no lamentados. Una vida que vale la pena ser vivida y no padecida ni jodiente, palabro que me acabo de inventar y que se refiere a vidas que fastidian sistemáticamente.

Y a todos los que viven para lamentarse de la mala suerte, de la tristeza insondable que sienten, os exhorto: no vale la pena. Es mucho mejor creer que es posible cambiar a vivir arrodillado adorando una derrota evitable.