Si la definición de Excelencia es “la superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo” y el de su antónimo, Mediocridad, es “de poco mérito, tirando a malo”, parece que el título de la presente reflexión no tiene mucho sentido. Pero lo tiene: lo tiene.

Tengo la convicción de que, actualmente, la medida de las cosas no es la excelencia: es la mediocridad. Y es que es, esta última, una zona gris en la que vale todo. Y todo, no vale.

La aspiración no es a la calidad, que exige implicación, tripas: el objetivo que observo es buscar esa medianía en la que se justifica la falibilidad del ser humano y su capacidad para disculpar los propios errores y la del juicio sumarísimo del mismo comportamiento en otras personas, juzgándolo como de lesa humanidad.

Mientras que el pensamiento, cada vez más, es groseramente básico, ramplón, mediocre, ausente de toda posible empatía, la excelencia se consigue en el pensamiento genocida, irresponsable y desmemoriado por el cual, hay gente merecedora de la muerte por el hecho de tener vida. Matar a niveles industriales, como en los campos de concentración tan mencionados en estos tiempos, se ejerce en Gaza. Ahí, las otrora víctimas, y más concretamente, sus descendientes, ejercen el mismo salvajismo, matando de hambre al pueblo palestino o, simplemente, fusilándolos cuando buscan comida.

Ni pidas a quien pidió ni sirvas a quien sirvió.

La cualidad de asesino no tiene nacionalidad: sólo entiende de miedos ante el diferente y de dinero a nivel global; las guerras las mueven quienes tienen la riqueza para fabricar armas, que sólo sirven para matar y amedrentar. Cualquier otra búsqueda de justificación a tan inmoral industria es, como diría el poeta, el argumento utilizado por quienes siempre hacen las cosas por pelotas.

¡Viva la Humanidad libre y feliz! Todos viviendo dignamente, con respeto…

En mi memoria, Palestina, la minoría Rohinyá, la siempre ignorada África  y todos los olvidados habituales.