En mi trabajo, lo que suelo hacer es, proponer a la gente que se planteen las mismas cosas que se han dicho durante mucho tiempo, pero desde otro punto de vista: desde la música. Técnicamente, lo que les planteo es hacer algo que habitualmente no se considera por el esfuerzo que requiere. Pero es que, lo realmente asombroso, es que no hacen falta grandes recursos, titánicos esfuerzos: es implicarse.

Y de ahí viene el problema: la implicación supone tiempo: tiempo que queremos dedicar a cosas que son importantes. Necesarias, por supuesto; pero ¿en algún momento, los que nos dedicamos a esto del Evangelio, lo vemos como una misión que nos es propia, que nos hace felices? Siempre estará aquel que aseverará “las circunstancias nos son adversas”: que le pregunten a los leones del circo… No. A ellos no: a los que servían de aperitivo.

Nunca hubo un momento mejor.

Y vamos llegando al tiempo que vivimos: en el que se circunscriben las expresiones religiosas a eventos extraordinarios: la santificación de un laico o de un consagrado, los conciertos abarrotados celebrando la Resurrección… En fin. Actos que tienen muy poco que ver con lo cotidiano, con las cazuelas y eso…

Pues eso: lo extraordinario se ha apoderado, vaciando de contenido la palabra, de lo que habría de ser habitual, cotidiano. Y no puede ser de otra manera pues el Evangelio, o lo viven los creyentes (no he dicho ni católicos ni los hermanos separados) en su contexto vital o es un conjunto de prácticas religiosas que no tienen nada que ver con la vida. Y, si hay algo extraordinario en el Evangelio es que es camino, verdad y vida: es palabra feliz, noticia esperanzada, amor…

Si la vida se desarrolla los fines de semana, nos perdemos cinco días angustiados, en la tumba, esperando resucitar para vivir y volver a morir el lunes por la mañana. Y la vida es muy corta para odiar los lunes, ¿no os parece?