La vida de la fama es harto deseada. Y descrita. Jorge Manrique lo pintó nítidamente en las coplas…

Vaya comienzo potente. El otro día estuve por La Latina y, en un bar, estaban tomándose algo un par de famosos de la tele. La gente mirábamos furtivamente, para no ser groseros e importunar su derecho a la intimidad: este, es un derecho al que se renuncia cuando se accede al estrado de la fama, bajo los focos y la inquisición de las redes.

Y me pregunto el porqué de tanto interés por ser famoso. Reconozco que, el hecho de ser una persona interesante, con arrollador verbo y descomunal simpatía, pueda ser objeto de interés por parte del vulgo. Pero, si lo que se desea es la tranquilidad del anonimato sumada al subidón de vanidad por ser sujetos de la mirada de muchos, con una disimulada admiración, no sé: vamos justitos…

Se quiere, digo yo, la fama porque comporta un mejor nivel de vida en cuestión pecuniaria. Pero pocas cosas más aportan a la vida. La expectativa nos agobia, los juicios nos cercan, la edad nos condiciona…

Si no soy famoso, ¿existo? El que lo fue, ¿vive o ya no?

Y se vuelve a la eterna diatriba por la que, si tengo, soy: si no, no.

¿No tenéis la sensación de estar ante un fraude?