“Concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial, otorgada por una empresa a una o varias personas en una zona determinada”.

Pues eso. Producto o actividad. Las hay de todo tipo. Aplicadas a la automoción, las franquicias serían las diferentes marcas, que venderían sus modelos propios; lo que venden, son coches. Los supermercados: todos venden casi lo mismo, pero le dan su punto característico; dependiendo del cliente al que esté dirigido, esto es, su poder adquisitivo, tendrá una puesta en escena distinta… (venden comida, productos de limpieza; a partir de ahí, lo que quieras). Los bancos: todos venden dinero para sacarte el dinero. Unos son azules, otros rojos, naranjas, con colorines: todos son franquiciados de la diosa fortuna, del taco…

Multitud de modelos de coches, gran cantidad de productos duplicados en los supermercados, feroz connivencia de los bancos ofreciéndote lo mismo cambiando sólo cuestiones semánticas…

Podrían ser uno, ¿verdad? De ese modo, los costes se reducirían y la accesibilidad para las rentas más bajas sería mayor. Se harían coches respetuosos con el medio ambiente YA, las diferencias a la hora de conseguir créditos, échale imaginación…

A riesgo de hacer pocos amigos, yo creo que nuestra iglesia está franquiciada. Cada una de las diferentes franquicias, pone el acento en algo muy particular que lo distingue del resto. El resto es la competencia: o por lo menos es lo que parece. Cada uno quiere que su franquicia adquiera la mayor cuota de mercado sin importar los otros…

La sensación que tengo es que, para que el mundo crea, todos, teníamos que ser uno. (Juan 17, 21). No dijo que fuéramos iguales: Dijo uno (1). Pero la dispersión parece ser la tónica dominante. Cada uno ofrecemos nuestro producto, nuestra particular visión de cómo hay que vivir la vida, y yastá.

Sé lo que parece. Y comprendo la complicación que comporta simplificar todo después de haberlo adornado como dones del espíritu cuando, prácticamente, ha sido diseñar un rompecabezas que, actualmente, es difícil de completar. Por ello, me parecía oportuno hacer esta reflexión. Para que yo abandone mi garito, recomience pues, hasta ahora, poco he hecho, y trabaje para que el amor primero, el que no sabe de costumbres, sea quien dirija nuestras vidas.