
Le he dado un par de vueltas a la cosa esa del futuro imperfecto. Por definición es lo que está por venir, lo que sucederá o lo que haremos. Y creo que es justo por lo que no me gusta. No es que no me guste en oposición a otro, como el pluscuamperfecto del subjuntivo, la voz perifrástica pasiva o las formas no personales… Es que no. Que no, vaya.
Si yo escucho una canción que usa el futuro, es una canción que siempre está en potencia, que no cuaja: Es algo así como partir un huevo y estar esperando encima del aceite caliente a echarlo, para hacerlo frito, tú sabes… que no se fríe vamos.
Y puede ser una letra maravillosa, como maravilloso es el huevo a punto de bucear en la sartén; una voz cálida y envolvente diciendo lo que ocurrirá, en algún momento, que no está la cosa muy clara pero que, cuando ocurra, va a ser la leche. Un vídeo maravilloso con imágenes que acompañan a la bondad que está a punto de cuajar pero que, al ritmo que va, no lo cato ni de broma.
Por eso, no digo “Te buscaré”, “te amaré por siempre”, “serás l@ únic@” y todas esas cosas tan profundas que se dicen en las coplas, casi con lágrimas en los ojos, ante un retablo o un ser humano: no importa el género. Es una trampa.
De la misma manera que ver la solución de un problema no es solucionarlo, decir que trabajaré, amaré y todos los imperfectos habidos y por haber, son sólo intenciones. Una manera de hacer ruido por dentro, excusar tu inacción, atontar la conciencia y todas las justificaciones que puedan amanecer en tu mente, dilecto lector.
Mañana amanecerá. Impepinable. Pero hoy te digo y me digo: “A por el día de hoy, con todos los hijos de Eva que me encuentre. No con lo que serán. Lo que son”.