Todavía hoy se puede escuchar tras un estornudo “Jesús”. Es una respuesta automática y la mar de graciosa. Hoy quiero hablar de un automatismo que se está imponiendo.

El tiempo que vivimos se ha especializado en invisibilizar cosas a la vista de todos. Y no es ninguna estupidez: esconder a plena vista para que no digan que no está, pero irreconocible. Si consigues acostumbrarte a algo, te pasa desapercibido. Es como los perfumes. Llega un punto en el que no lo percibes porque ha pasado el umbral sensitivo. Está ahí, pero no lo aprecias.

Por seguir con el tema anterior, llama mi atención el sufijo (respuesta automática) tras las frases hablando de Dios: “Gloria a Dios”. Brazo en alto, o los dos, el murmullo se va entrelazando mientras el Gloria se va adueñando de los asistentes. Y daría igual, llegado el momento, que digas eso o que cantes “Asturias patria querida”: carece de sentido porque se ha borrado su significado.

Y, acompañando a esto, está la tendencia a formular la relación con Dios de una forma simétrica, pero poniendo en el centro a quien se dirige a él. ¡Qué suerte tiene Dios! Porque le oro, porque lo hago el centro de mi vida, porque es mi fuerza, mi energía… Y puede que sea cierto; pero la sensación es que el centro, que debería ser quien ocupara todos los espacios, cada vez está más lejos de serlo: Dios es la excusa.

Las obras que Dios hace en mí hacen de mí un faro en la oscuridad: ¿Es un modo de relacionarte con Dios? Si. A mí me parece que es perversa. Toda esa palabrería de la adoración, ese ruido que pone mi persona por delante del que da la vida… no puedo estar de acuerdo.

¡Gloria a Dios!