
“La historia la escriben los vencedores.” Magnífica definición. Creo que, durante mucho tiempo, ha sido real. Pero, últimamente, está mutando. Ahora, la historia la escriben las minorías; en nuestro país, las minorías gobiernan para satisfacer el hambre de poder de nuestro presidente del gobierno. Quien no lo quiera ver me tachará de ultraconservador, de extremo derecho, falto de visión, sin capacidad para comprender la largueza de su mirada, siempre preocupada por el bienestar de su pueblo: es igualito al luminoso gobernante de Corea del Norte, de China, de Rusia: hombres con capacidades que exceden las del resto de los mortales.
Estos iluminados, son multitud; pero no nos perdamos: las minorías gobiernan pues garantizan la mayoría suficiente para que no caiga el gobierno. Y, como buen gobernante, por definición prostituíble, es capaz de pagar lo que sea necesario. Si hay que cambiar la historia reciente de un país, se cambia; si hay que distorsionar la memoria, se distorsiona; si hay que ignorar la perversión por la que ocurrieron eventos inexistentes que licitan la posverdad de algunos, validando una retórica mentirosa, sectaria…
Robar el conocimiento al pueblo. Condicionar su percepción, aislar su criterio, denostar la razón, publicitar la vacuidad, apisonar las dudas, precocinar futuros: todo está permitido si se consigue el objetivo a corto plazo.
Esto da miedo. Pero lo que realmente es aterrador es que quienes promueven estas políticas, creen que la sectarízación será gratuita, que la licuación de los valores no tendrá consecuencias, que la vacuidad de las verdades trepanadas no tiene un reverso tenebroso.
La sombra de la manipulación es larga. Y la memoria colectiva es corta y plástica. La bondad de quienes gobiernan sólo beneficia al poder.
Y resuena en mi interior un mantra que ha martilleado mi cabeza desde que recuerdo: “Los líderes fuertes hacen pueblos débiles.” La conclusión es simple: Un pueblo consciente no se puede quebrantar.