
Hoy he tenido una conversación la mar de interesante. Hablábamos de que me encantan las patatas fritas. Para mí, el hecho de la existencia de las patatas fritas es una prueba irrefutable de la existencia de Dios. Y es curioso: a mis hijos, les encantan. Será por imitación, pero ellos le hacen tanta o más fiesta que yo…
Y hablábamos también de que alguien había afirmado que mucha gente se aleja de la iglesia porque no tienen formación. Yo discrepo. Yo digo que la formación se busca a partir del descubrimiento feliz de la Buena Nueva. Me explico: De la misma manera que mis hijos encuentran deliciosas las patatas fritas porque, en cuerpo y alma, se lo he hecho saber, las han probado, les gustan y quieren saber cuál es el método afinado a través de la experiencia de cómo se hacen, la gente se aleja de la iglesia porque lo que comunica es…
Y me diréis que es una barbaridad, que el laicismo imperante es más poderoso que los valores que se comunican en la casa de Dios. Y, qué quieres que te diga, a mí me parece que, si la gente se aburre en las misas, si los actos son como agua caliente o lejía de lavandero, sosa cáustica a cascoporro, es porque se ha instalado un aburrimiento en lo que tendría que ser una fuente de vida.
Hagan juego, señoras y caballeros; la pasión que se vive se transmite; o, dicho de otra manera: de lo que rebosa el corazón habla la boca.