Lo que viene siendo harto. Me siento un cubito de hielo a 40 grados bajo el sol. Y todo es por la marea negra que se extiende como el aceite sobre el agua de la división. Seré breve:

Tengo un cuerpo. Igual que los 7.984.311.369 habitantes humanos del planeta. No tengo seis manos, ni veinte pulmones; no soy un monstruo a lunares con capacidad para volar. Soy un ser humano. Como todos.

Mis diferencias me hacen quien soy. Pero no me hacen enemigo de quienes no son yo ni como yo. Mi forma de pensar, de vestir, caminar o creer articulan mi yo. Dicho esto, continuo…

Empeñados en buscar la oveja negra, el garbanzo negro, el gen distintivo, la lengua más antigua, la identidad sexual más innovadora y diferente, perdemos un tiempo muy necesario para el encuentro. Eso sí que es un elemento diferenciador.

A todos los profetas de la división, del proselitismo descerebrado, de los brunch a las tres de la mañana o de los after bajo el agua, todos tan necesarios y mutágenos de la realidad: tan importantes que podrían ser olvidados en el mismo instante de su gestación por su irrelevancia: por favor: ¿No os dais cuenta? Vuestra ayuda es un palo en las ruedas, una piedra en el zapato, una estupidez.

Si soy menor de edad para votar, ¿no lo soy para abortar? ¿Cuál es el criterio que dota de discernimiento a la hora de decidir un hecho que compromete gravemente la integridad de la individua en todos los aspectos? Queriendo pasar a la historia como los más sociales, más innovadores, se saltan a la comba el hecho por el cual, cuanto más formada está la persona, más capacidad tiene para evaluar los hechos y tomar decisiones ponderadas.

Pero ya vendrá quien recete pastillas contra la ansiedad; y contra el subidón que producen. Vendrán quienes proclamarán la vital necesidad de blanquear el ano y la libertad para cambiar de posición el corazón pues está demasiado a la izquierda del pecho. ¿Quién decidió la forma de mi hígado? ¿Por qué mi páncreas no es naranja butano? Pues, en esas estupideces andamos tejiendo un nuevo presente, en la que el individuo es lo menos interesante y, la nueva realidad, impuesta desde el poder, resulta mucho más rentable.